lunes, 24 de septiembre de 2012

Lectura a la carta



Eduardo Campech Miranda

¿Alguna ocasión ha acudido usted a un restaurante donde ofrecen comida de países cuyas culturas percibimos completamente lejanas a la nuestra? Me refiero a la tradición culinaria, digamos, de Corea, Vietnam, Madagascar o Irán, sólo por mencionar algunos ejemplos. Ahora imagínese que llega a un restaurante iraní, el mesero se acerca a ofrecerle la carta y se retira. Usted lee: Sopas: Ashé Sabzi, Consomé, Burani y Mástojiar. Inmediatamente después están los entremeses: Hojas de parra rellenas, Pimiento relleno, Pirashqui, Chorizo iraní, Kuku, Kufte, Homos y Falate. Si la carta no incluyera la redacción de los ingredientes o una descripción del platillo, seguramente estaría usted ante un conflicto: qué ordenar.

Una posible solución es decidirse por lo más familiar y conocido: el consomé, los pimientos rellenos o hasta las hojas de parra rellenas. Sin embargo, existe la posibilidad que el caldo no sea todo de su agrado. Pero usted es fiel al dicho “más vale malo conocido que bueno por conocer”, y reitera su elección. Si no existieran estas opciones y con el contexto descrito, seguramente se encontraría ante un laberinto o una cueva completamente oscura.

Me valgo de esta hipotética situación para realizar una analogía con aquellos mediadores de lectura que ofrecen listas de títulos bibliográficos, con la finalidad de que el lector elija uno de ellos. Listados que no muestran nada más que el autor y título, en ocasiones son generosos y proporcionan más datos como editorial.

Para una persona que no está acostumbrada a leer, tal y como sucede con la mayoría de la población mexicana, estas listas son cartas de comida iraní. Y lo más probable es que elijan en función de lo que han escuchado, lo cual en ocasiones es completamente erróneo. Ello me recuerda un caso en la biblioteca pública. Un joven acudió con un título de un libro que tenía como autor a Carlos Fuentes, ambos datos no tenían relación alguna (cabe aclarar que el chico no fue ratificado por ningún Tribunal Electoral), en el diálogo entablado para identificar el texto, manifestó que el libro era de terror, pero no se trataba de Aura. Jocoso, respondí, “ese es un libro de terror”, así lo vislumbró Abascal.

En una colaboración anterior, comenté la responsabilidad de recomendar o sugerir libros. Quien pide auxilio también debe aportar más datos en torno a sus propósitos de lectura, gustos y preferencias en general. Siempre es mejor interactuar con las personas y con los libros. De esta manera las posibilidades de acertar se incrementarán y potencializarán la oportunidad de formar nuevos lectores.

En este mismo sentido, vuelvo a sugerir que consulten blogs, sitios webs de editoriales, pregunten al librero o bibliotecario. Establecer este tipo de comunicación enriquecerá a ambos interlocutores, además de propiciar que si, de casualidad, alguien escucha ese diálogo, también pueda interesarse en la lectura. Hasta la próxima.

Publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas, septiembre 3 de 2012.

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