jueves, 23 de agosto de 2012

¿Para qué leer?


Eduardo Campech Miranda

Aprender a leer, a descifrar el código lingüístico, no es sinónimo de formarse como lector.
Pedro Cerrillo C. y J. García Padrino

Muchas personas a menudo preguntan ¿cómo puedo iniciarme en el gusto por la lectura?, ¿cómo puedo hacer para que mis hijos, sobrinos, familiares, amigos, alumnos, lean? Creo que la respuesta a estas y otras cuestiones se obtendrán a partir de la concepción del acto lector, es decir, de definir ¿qué es leer? Iniciemos pues con una serie de posturas frente a este acto.

Hay quienes, por un paradigma que predominó en la escuela durante muchos años, que leer es sólo asignar un sonido a una grafía, vaya, decodificar. Hay también uienes ven en la lectura un mecanismo que pone en juego más habilidades de la mera decodificación, entienden que la lectura trastoca esferas no visibles, y en ocasiones intangibles:

Ejercer el poder de leer no implica solamente el acto de decodificar el significado de las letras impresas; tiene que ver con el deseo de descubrir y sorprenderse con el contenido de las páginas, con la significación afectiva que las historias encierran para el lector, con la búsqueda de respuestas a dudas propias, con actos fisiológicos como el desplazamiento visual, con la capacidad de atender y concentrarse en un material impreso, con la habilidad de evocar imágenes, con la comprensión del multisentido del lenguaje, con el interés por interpretar la realidad en la que se encuentra la persona y, muy en especial, con el deseo de querer leer. (Arenzana, Ana y Aureliano García (1995); 1; el subrayado es mío).

La lectura no es un acto natural, sino una práctica sociocultural delineada en tiempo y espacio. Creer que no se lee, que no se acostumbra a leer por incapacidad para hacerlo o por pereza, es desconocer el cúmulo de procesos implícitos en la lectura y desconocer la conformación de la misma:

Manejar las reglas básicas de la escritura no es lo mismo que incorporar la lectura como conocimiento y práctica habitual. Son dos procesos cognitivos consecutivos; subordinado el segundo al primero, pero no irremediablemente su consecuencia. Se puede aprender a leer o descifrar rudimentariamente, pero nunca llegar a ser lector, puesto que para eso es necesaria además la mediación de una práctica cultural. (Plan de Lectura: “Docentes que dan a leer. Material de reflexión para desarrollo curricular en escuelas de nivel secundario”, p. 1).
El no entender esta situación es una de las explicaciones del por qué no es correlativo el número de profesionistas con el número de lectores en nuestro país. El sistema educativo mexicano toma como parámetro la alfabetización para cumplir con objetivos de formación de lectores. En otras palabras: la enseñanza de las matemáticas, desde los primeros conocimientos de las operaciones básicas, se apoya en ejemplos ilustrados, como las famosas manzanas. A medida que se van ascendiendo grados académicos, la explicación se apoya más en el pensamiento abstracto. Sin embargo, con la lectura, ese acompañamiento, esa mediación se deja en el momento en que el alumno se alfabetiza. Dejándolo solos.

Publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas, núm. 58, julio 9 de 2012.

viernes, 3 de agosto de 2012

¿Por qué es necesario un Plan Estatal de Lectura?



Eduardo Campech Miranda

Hace un par de semanas, realizando las actividades del Programa “Miércoles de Lectura”, en la Alameda Francisco García Salinas, de la capital zacatecana, llamó mi atención que un ciudadano, identificado como trabajador de la Presidencia Municipal, se acercara a pedirnos información en torno a la actividad, además de solicitar el permiso para desarrollar la misma.

Cabe asentar que el equipo con que se realiza la actividad, además de los recursos humanos, está conformado por un par de mesas infantiles, seis sillas, un carrito portalibros, libros, dos mantas alusivas al programa, y equipo de sonido. El equipo de sonido se utiliza, primordialmente, para invitar a la población a participar. El trabajador municipal le hablaba a uno de mis compañeros de la necesidad de gestionar el permiso para que el ayuntamiento estuviera enterado de las actividades que se realizan (aunque se vengan realizando desde el 21 de marzo, es decir, después de tres meses y de un buen número de boletines oficiales, recién se percataron de nuestra presencia), de controlar los decibeles del sonido (aunque por el interior de este espacio público circulen automotores publicitarios con mucho más volumen del que utilizamos); de la posibilidad de pagar por estar invitando a la población a leer con la dinámica implementada.

Al enterarse del suceso, una amiga promotora de lectura con mucha experiencia en el ramo y gran calidad humana, mencionó que eso se presenta debido a la falta de un Plan Estatal de Lectura. De ahí surge el cuestionamiento: ¿por qué es necesario un Plan Estatal de Lectura? Por varias razones: la primera de ellas es porque sería un documento rector que unificara esfuerzos de todos los programas e iniciativas gubernamentales que se realizan por toda la entidad. En segundo lugar, porque así se tendría más claridad cuáles son las pretensiones al formar lectores y acercar la palabra escrita a la población.

Desde luego, el diseño e implementación debe hacerse desde la experiencia, no desde el escritorio o las iluminaciones divinas que en ocasiones tienen los responsables de estos programas. Es decir, sería idóneo que se convocara a promotores de lectura (independientemente de su grado académico, porque en ocasiones hay pasantes de médico brujo mucho más efectivos que algunos doctores), a mediadores de lectura, a libreros, bibliotecarios (públicos, de instituciones privadas, escolares), a la ciudadanía interesada, y no se dejara a la decisión de la burocracia académica.

La razón para realizar esta convocatoria tan amplia es la discusión y debate de los espacios, tiempos, estados de ánimo, formatos, soportes y propósitos de la lectura. Es estar recordando constantemente que la lectura no es un acto abstracto (como se ha dicho en este espacio en varias ocasiones), sino un acto bien definido que redundará mejores resultados en la medida en que se tenga clara esta premisa.

En tanto Zacatecas adolezca de un documento como el descrito, y no es lo importante el documento en sí, sino todo lo que se deriva de él, la lectura y su promoción seguirán siendo actos heroicos de algunos ciudadanos, penitencia de algunos docentes y oportunidad de decir que se está actuando por parte de las instituciones.

Publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas, julio 2 de 2012.

lunes, 2 de julio de 2012

Dos espacios para apreciar la literatura infantil y juvenil en Zacatecas.


Eduardo Campech Miranda

Si alguien quisiera realizar un estudio acerca de la literatura infantil, su oferta y expansión en México, Zacatecas cuenta con dos espacios idóneos para realizarlos: la Sala Infantil de la Biblioteca Pública Central Estatal “Mauricio Magdaleno” y el Centro de Lectura “Amparo Dávila”, ambos en la capital zacatecana.

La primera ha recibido constantes críticas y cuestionamientos de propios y extraños: que son muy pocos libros y los pequeños lectores ya los conocen (Aunque parezca certera esta crítica es ilógica dada la cantidad de títulos que existen en ese espacio y la constante transformación de intereses lectores de los asistentes, que día a día van cambiando con la edad); que el acervo además de tener un sesgo muy marcado hacia la literatura infantil sobre la juvenil, es obsoleto (A esta aseveración puedo responder sí y no. Sí porque los textos de divulgación no están actualizados, algunos de ellos datan de 1980, y en efecto, se presenta el predominio de la literatura infantil sobre la juvenil, la cual encontraremos en mayor presencia en Sala General; y no, porque gran parte de la colección está conformada por literatura, y ésta no es una moda), lo cierto es que la colección de ese espacio bibliotecario ha quedado rezagado con las nuevas tendencias y títulos infantiles y juveniles.

Sin embargo, y en defensa de ese acervo, podemos revalorarlo como una muestra viva de lo que ha sido la literatura infantil y juvenil en nuestro país. En esos estantes encontraremos los primeros esfuerzos editoriales, convocados en el marco de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil. Tal es el caso de la colección “Feria”, donde aparecían los trabajos ganadores del certamen convocado por la Secretaría de Educación Pública, los organizadores de la feria y la editorial Océano. Si examinamos los ejemplares y ubicamos su número de adquisición (es decir, el número ascendente con el que fueron integrándose a la biblioteca), encontraremos cómo al inicio de la década del ochenta, del siglo pasado, la oferta bibliográfica llegaba principalmente de España. Como producción nacional tendremos a Fernández Editores y algunas editoriales independientes. No es sino a finales de esa década, cuando el Fondo de Cultura Económica lanza su colección “A la orilla del viento”. Misma que encontraremos en el lugar en cuestión, pero sólo sus primeros cien títulos, a lo sumo. Posteriormente fueron integrándose firmas como SM Editores o Alfaguara.

Por otro lado, el Centro de Lectura “Amparo Dávila”, ubicado en las instalaciones del Núcleo Issstezac de Cultura (nic), es sin lugar a dudas el acervo infantil y juvenil más completo de la entidad. Ahí, con un trabajo mayoritariamente voluntario, Martha Alicia Mejía y su equipo de colaboradoras brindan el servicio de préstamo interno y a domicilio de una colección de libros reciente y variada. Si en el estudio mencionado al principio, sintiera que le falta información con el acervo infantil de la “Mauricio”, en el Centro de Lectura  “Amparo Dávila”. Esta literatura puede ser un vehículo excelente para formar(nos) lectores.


Publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas, 25 de junio de 2011.

miércoles, 13 de junio de 2012

# Yo soy 132 y la lectura

Eduardo Campech Miranda

La irrupción en la escena electoral del movimiento # Yo soy 132 ha generado tanto simpatías, como descalificaciones y suspicacias. Por un lado, los adversarios del candidato puntero se han congraciado que un sector poblacional cuestione y ponga en tela de juicio la imagen que de él se presenta masivamente. En tanto, los simpatizantes, cuestionan (ejerciendo un derecho) la legitimidad del movimiento, sin embargo, al interior de éstos hay quienes tildan, textual, de “mamada” la organización juvenil, o quienes, también con todo derecho, cuestionan a través de argumentos al #Yo soy 132. Mi comentario se centrará en el segundo sector, el de la descalificación fácil.

Hace unos años un matrimonio amigo me compartía, sin entrar en detalles, los constantes desencuentros con uno de sus hijos. Éste los cuestionaba con señalamientos contundentes, válidos, informados. Ante lo cuál ellos se sentían un tanto vulnerables. El hijo había estudiado Filosofía y tenía bien fundamentados sus argumentos. Cada desencuentro los padres salían con más dudas que certezas. Los planteamientos del hijo movían sus estructuras, eso los ponía en un dilema. La ocasión que me hicieron partícipe de la situación, la mamá me platicaba el desenlace de la última diferencia. El hijo acorraló a los padres y en un momento de ofuscación la madre reviró: “pues serás muy filósofo, pero yo seguiré siendo tu madre”. Frase lapidaria, sin lugar a dudas, pero de fácil salida. La charla conmigo concluyó con la siguiente reflexión: “Y le dije a su padre, primero los queremos críticos y luego no los aguantamos”.

Los programas de formación de lectores implementados desde el Estado tienen entre sus objetivos la formación de lectores críticos, autónomos. Objetivo que si bien no es inalcanzable, sí es de un esfuerzo constante, renovable y en constante evaluación. Los estudiantes de la Universidad Iberoamericana echaron a andar la denominada primavera mexicana. Por años, esa casa de estudios ha gozado de un prestigio ganado en la capacidad de sus egresados, y en general de una formación sólida que tiene en la lectura crítica y analítica uno de sus pilares.

Como promotor de lectura y ciudadano veo con muy buenos ojos las demandas juveniles del movimiento #Yo soy 132. Estudiantes bien informados que perciben las condiciones críticas de nuestra nación, la manipulación mediática a que es sometida la mayoría de la población, la verdad incuestionable que enarbolan las televisoras. Sus lecturas, del mundo, de textos, de otros seres humanos, les permiten plantear sus dudas y exigencias.

Nuevamente, y ahora sólo como hombre interesado en la lectura, independientemente de la filiación ideológica-partidista, o intereses personales que se persigan, en tanto promotores de lectura, creo, tenemos que exigirnos una coherencia y un respeto por esta labor. Brindar nuestro apoyo y confianza al analfabetismo funcional, es jugar al tío Lolo, es apoyar que las televisoras, los medios de comunicación, la sociedad, el Estado se dirijan hacia el movimiento #Yo soy 132 y de manera fácil, espeten: “Pues serán estudiantes muy informados, pero seguimos mandando nosotros”, mucho más grave es, como lo leí en alguna parte, que el movimiento es una mamada.

Publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas, junio 11 de 2012.

martes, 5 de junio de 2012

Corre, lee y dile


Eduardo Campech Miranda[1]

En el marco del VIII Encuentro de Problemas de la Enseñanza del Español en México “Dra. Marina Arjona Iglesias”, presenté la ponencia titulada “Del debo escribir con letra bonita, en el pizarrón, al me caga la gente que escribe como P3eENWdeja4Ah! :D, en el facebook”, exponiendo un caso donde los usos sociales del lenguaje (para el caso, las redes sociales) eran ignorados por un docente. Después de la lectura, en la ronda de preguntas y respuestas, una maestra universitaria me preguntaba cómo hacer uso de las tics para formar lectores. Cual candidato presidencial mexicano, el cuestionamiento me tomo indefenso. Podía intuir alguna estrategia, pero ni estaba convencido de su implementación, mucho menos de su resultado. Mis escarceos con el facebook apenas iniciaban.

Mi experiencia con clubes de lectura en línea, se concretaba a dar seguimiento a varios grupos del portal Yahoo!. En esa época me interesaba descubrir qué escribía la población en los grupos y foros virtuales. Me di de alta en un número considerable de ellos, las temáticas eran variadas: desde grupos de fans de algún artista televisivo prefabricado, hasta los de lectura, pasando por recetas de cocina, refranes, intercambios swinger, aspectos metafísicos, religiosos, políticos y de música. Para mi sorpresa dos eran las categorías que aglutinaban el mayor porcentaje de los comentarios y publicaciones: las esotéricas y las pornográficas. Precisamente, en un grupo de esta segunda, había una chica que compartía poemas eróticos, de su propia inspiración, con muy buena manufactura.

Los grupos de lectura y poesía contaban con escasa y distanciada participación, a excepción del llamado Pretextos. Este colectivo me dio la claridad y la enseñanza de cómo se puede moderar un grupo de estas características. En una plataforma virtual y con materiales digitales, la inclusión es parte fundamental. Los miembros son de distinta nacionalidad, hay incluso invidentes. Los comentarios son respetados aún que no sean compartido el punto de vista. Se prohíbe estrictamente publicar temas ajenos a la lectura en cuestión.

Bajo ese esquema, y debido al interés de varios contactos, nació en la red social Facebook, el club de lectura Corre, lee y dile, nombre tomado de una publicación de la Universidad Veracruzana. Apenas vamos en nuestra segunda lectura (Cien años de soledad de García Márquez), pero el abanico de perfiles académicos, de historias de vida, de experiencias, es un vitral que ilustra el proceso de comprensión lectora, y más aún, hace crecer a los lectores.

Ahora veo este grupo como una estrategia para formar lectores, de aprender a leer, de realizar una lectura colectiva y hasta andamiajes. La disciplina será compromiso de cada miembro (disciplina para seguir el cronograma, para no publicar situaciones ajenas, para respetar a los demás miembros). La moneda fue echada al aire, espero que caiga a favor de la lectura. Hasta la próxima.


[1] https://www.facebook.com/Libiuscocco

Publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas, 28 de mayo de 2012.

domingo, 3 de junio de 2012

De buenas intenciones está plagado el camino hacia la formación de no lectores.



Eduardo Campech Miranda

Los esfuerzos por formar lectores siempre serán bienvenidos. Es mejor iniciar algo que no hacer nada. Sin embargo, no son suficientes esfuerzos donde la buena intención sea el soporte de la acción. Ejemplos hay varios y los tenemos desde un nivel micro (en el hogar), hasta un nivel macro (los programas instrumentados desde las instancias gubernamentales): el padre preocupado por el porvenir de su vástago, que lo incita a leer, sin que él lea (ya hemos abordado este caso en varias ocasiones); el funcionario de mente brillante que ha descubierto que la lectura es una actividad muy poco practicada por los mexicanos, y fiel a la consigna “hágase la lectura en los bueyes de mi compadre”, lanza un proyecto al aire, total, “todos sabemos leer”, sin una planeación, con objetivos abstractos, y con el convencimiento de que la lectura brinda muchas bondades per se.

En ambos casos, y con frecuencia en la misma escuela, se olvidan de la naturaleza sociocultural de la lectura. Pasan por alto que no siempre se ha leído de la misma manera, ni en las mismas condiciones, con las mismas necesidades, propósitos, circunstancias. Están convencidos que se debe leer a cualquier precio, y que si un concierto de rock, una venta nocturna en tienda departamental, un partido de futbol, son capaces de convocar multitudes y voluntades, ¿por qué un acto de lectura, vaya, un evento de lectura debe ser diferente?

Un proyecto de lectura que busque generar lectores autónomos debe iniciar por el libre albedrío, sin acarreos, sin compromisos de amistad, y mucho menos sin que se usen puntos, en la calificación, a favor o en contra. No es un acto proselitista, a pesar de los tiempos electorales, donde se pueda llevar una gran cantidad de gente, ponderando el éxito de manera cuantitativa.

La implementación de un proyecto serio contempla la capacitación de los recursos humanos involucrados en el mismo, la consecución de metas y objetivos, partir de un propósito, diseñar un cronograma con actividades precisas y concretas, que apoyen a la difusión y promoción. En tanto no se cumplan, al menos, estas premisas, se seguirá simulando.

Las experiencias de formación de lectores han mostrado que el placer, la gratuidad, la libre decisión son fundamentales para tener éxito. El plantear la lectura desde el espacio íntimo que el lector crea y que sólo es de él, proporcionará seguridad y brindará la necesidad de repetir la experiencia. Los lectores formados bajo esos lineamientos saben que la lectura no es un acto aislado, que tiene muchos beneficios, pero que también depende de otras tantas variables.

Si el motor de fomentar la lectura es crear “buenos ciudadanos”, entonces la lectura seguirá siendo un castigo, y las bibliotecas el lugar de la condena. Un libro por sí mismo no cambiará la conducta, ni la realidad del lector. Es ingenuo pensarlo y sólo exhibe la relación que esa persona tiene con los libros y la lectura. Hay lectores que de inmediato prescinden del mediador, pero no son la mayoría. Mientras se siga pensando que sólo las buenas intenciones formarán lectores, seguiremos padeciendo lo que se quiere combatir.

Publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas.

jueves, 17 de mayo de 2012

El eyaculector precoz



Eduardo Campech Miranda[i]

Yo siempre he sido lento y tardío para todo, excepto para la eyaculación, siempre fui muy precoz”. Joaquín Sabina

Ya en otras ocasiones he abordado el tema de la velocidad lectora. Vuelvo a él nuevamente, pero no desde la óptica de los famosos estándares de lectura, sino desde el placer de leer, desde la voluntad propia e independiente de leer un libro, el periódico, el devocionario, etc.

Hay algunas preguntas que recurrentemente me formulan: “¿Cómo puedo hacer para que mis hijos (alumnos, familiares, hermanos, primos, compañeros de trabajo, etc., etc.) lean?”; ¿Me puede recomendar un libro para que me diga cómo debo leer y comprender?, pero que no sea difícil, ni muy extenso, porque a mí no me gusta leer” y “¿Me puede indicar alguna técnica para leer rápido? Me gusta mucho leer, pero quiero leer más rápido porque tengo otras cosas que hacer.”

Hace un par de semanas, el blog Lecturalia publicó una entrada donde se vierten algunos consejos “para los que quieran sacarle el máximo partido de su lectura y disponer de poco tiempo para hacerlo”. Para iniciar la reflexión la autora refiere a Anne Jones, una chica que leyó Harry Potter y las reliquias de la muerte, en tan sólo 47 minutos y un segundo. Esas líneas me dejaron pensando en el placer de la lectura y en los placeres en general.

Entre los múltiples placeres de la vida, de los placeres terrenales, mundanos, están sin lugar a dudas el sexo, comer, descansar, divertirnos, sólo por mencionar algunos. Incluso hay quienes gozan cocinando, a pesar de que para otro sector poblacional pueda ser un martirio. Cualquiera o cualesquiera que sean los placeres de su predilección, tratará de extenderlos hasta donde sea posible. No concibo a la dama Jones, teniendo sexo con Brad Pitt (por mencionar un galán mundial) y quedando satisfecha ante una sesión de cinco minutos y veinte segundos. O viajando a París, hacer un recorrido por la Ciudad Luz (con el Museo de Louvre incluido) en dos días y cuatro horas.

El placer de la lectura, además de ser un placer intelectual, implica deleitarse con el lenguaje, disfrutar las palabras, crear imágenes mentales que son sólo nuestras, llevarnos el tiempo que creamos conveniente. El placer de la lectura, no conoce de velocímetros, ni de revoluciones por minuto. Es el placer de encontrarnos, reencontrarnos y descubrirnos en el texto del otro. Aún los profesionistas que son reacios a leer textos de su especialidad, como lo menciona Juan Domingo Argüelles, tendrían que platearse si realmente estudiaron por vocación, y no culpar a la lectura y a los libros de sus desgracias textuales.

Pero si está convencido de todo lo contrario a lo aquí argumentado, haga caso omiso. Consuma libros de quinientas páginas en menos de una hora, inscríbase a esos concursos estadounidenses de ingesta de comida rápida, disminuya sus charlas a un “hola y adiós”, pero principalmente, no se extrañe que está a punto de ser un eyaculector precoz.


[i] ecampech@yahoo.com.mx

Publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas, mayo 13 de 2012.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Por gusto y voluntad propia




Eduardo Campech Miranda

Era enero de unos hace cuatro o cinco años. Mireya Carrillo, bibliotecaria escolar e incansable promotora de lectura, junto con las maestras del área de Lengua y Literatura, de la Escuela Secundaria Técnica N° 27, de la capital zacatecana, me solicitaron que pudiera diseñar una actividad para atender a los diecisiete o dieciocho grupos de la escuela. Les planteé que eran muchos alumnos, así que decidimos atenderlos de uno en uno, realizando visitas de dos o tres grupos por día a la Biblioteca Mauricio Magdaleno.

El primer día atendería a tres grupos: dos primeros años y un tercero. La selección que realicé fue algo ligero de Paz (“Mi vida con la ola”, “El ramo azul”), algunos fragmentos de Arreola, algún cuento de Traven y de Francisco Rojas González. La planeación de la actividad indicaba que realizaría una lectura en voz alta y después una estrategia de detonación de escritura. La lectura no les atrajo en lo más mínimo, la concluí (erróneamente) a pesar de la desatención manifiesta de los alumnos. Sin embargo, la actividad de escritura fue bastante rica y divertida.

Con el segundo grupo aposté por literatura de la onda: José Agustín, José Buil y Parménides García Saldaña fueron mis caballitos de batalla. La dinámica se repitió, pero esa ocasión cancelé la lectura para dar paso a la escritura. El entusiasmo por la segunda parte de la actividad fue contundente. Antes de retirarse, una de las maestras se acercó y a mí. Me solicitaba una lectura que abordara la sexualidad, con la finalidad de que les hablara y orientara sobre el tema. Les compartí mi opinión en torno al rechazo de la visión didáctica de la literatura. Argumenté que Homero no escribió La Odisea para darnos el mensaje que “aunque todo resulte adverso, al final conseguirás tus objetivos y triunfaras”, que eso me parecía una falta de respeto al autor, al libro y a la lectura.

De tal manera que les sugerí la novela Un hilito de sangre de Eusebio Ruvalcaba, no sin antes advertirles que el lenguaje era muy cercano a los jóvenes, que éstos conocían todas las palabras (etiquetadas por algunos como malas palabras), y que el protagonista veía al mundo con una exagerada concupiscencia, propia de un adolescente. Tal vez, si yo daba a pie al tema, ellas lo podrían abordar desde sus propósitos en la escuela.

La historia es bastante divertida. Trata de un joven de trece años que, como se dijo, ve al mundo detrás de unas gafas llamadas sexo. Es tal la lascivia en él, que ni su madre, ni su tía se le escapan. La primera página es fundamental y nos da una idea general de la historia, su estructura y su lenguaje: la máxima aspiración de nuestro protagonista era la de ser chofer de una casa rica (muy a pesar de la oposición paterna, que lo convencía de ser chofer de camión repartidor o microbús, ya que ganaría más). Siendo chofer de una familia pudiente económicamente, tenía la ventaja de manejar un auto precioso y atender sexualmente a la dueña de la casa.
Después de leerles a los jóvenes el primer capítulo, pensé iniciar con la actividad de escritura pero me fue imposible. Demandaban que continuara leyendo. Lo mismo sucedió cuando concluí el segundo capítulo. Para el tercer capítulo, ya no accedí. El tiempo de la actividad había concluido. Varios de ellos se acercaron a preguntarme dónde compraban el libro.

Al día siguiente, otra vez primer año, iba a dar inicio con José Agustín, pero del fondo del salón surgió un grito: “¡cuéntenos la historia del muchacho cachondo!”. La voz se había corrido como pólvora dentro del plantel. A partir de ahí, todos los grupos exigían conocer Un hilito de sangre. De hecho, la escuela se vio en la necesidad de adquirir cinco ejemplares de la novela.

No soy ingenuo para pensar que todos esos alumnos se convertirían en lectores. La novela, más allá de la anécdota, plantea diferentes retos intelectuales, que los jóvenes resolvieron satisfactoriamente (de lo contrario, hubieran abandonado su lectura). Un año después volví a la Secundaria Técnica N° 27. Platiqué con Mireya y con alguna maestra. De toda esa población estudiantil que visitó la biblioteca, unos cinco alumnos se iniciaron en la lectura por gusto y voluntad propia. Tal vez se cuestione: “Pero lo que los movió fue el morbo”. Y tienen razón, pero, ¿acaso no manifiesta el lector morbo e intromisión al enterarse de la vida privada de la dinastía Buendía, de Pedro Páramo o hasta de las desdichas de Cenicienta?


 Publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas, mayo 7 de 2012.