domingo, 6 de marzo de 2011

Entrevista con Alberto Manguel

"Leer será en el futuro un acto de rebeldía"



Autor de Una historia de la lectura (Lumen), libro que marcó un hito en el universo lector, toda la obra de Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) no ha hecho más que recrear el mundo del libro y de los grandes autores que lo protagonizan. En los próximos días publicará La librería de noche (Alianza), un recorrido por las grandes bibliotecas del mundo: desde la legendaria Biblioteca de Alejandría fundada por los ptolomeos en el siglo III antes de Cristo, hasta las bibliotecas de las que disfrutamos en la actualidad, para recalar, finalmente, en la figura de la biblioteca como hogar, ese lugar al que siempre se vuelve.




El amor por el libro nació en Manguel de forma espontánea y muy pronto, según recuerda: "Yo era un pequeño adulto, me crió mi nodriza, con la que aprendí el inglés y el alemán, mis dos lenguas maternas, y ella, que no tenía muy claro lo que era un niño, ponía libros a mi disposición y una vez a la semana me llevaba a comprar uno. Pero el apasionamiento por ellos era cosa mía, enseguida reconocí que los libros eran una forma de abrirme al mundo. Pasé la infancia de país en país, y volver cada noche a mis libros era una forma de volver a lo conocido". Hijo de diplomáticos, fue seguramente durante esa infancia errante cuando se gestó lo que hoy es un 
sueño cumplido: la construcción de un edificio que albergara su propia biblioteca.



El lugar elegido por el autor del Diccionario de lugares imaginarios se llama Le Presbytère y está situado en Mondion, un pueblecito cerca de la ciudad francesa de Poitiers, encaramado en una colina al sur del Loira. Lo que Manguel encontró en esta antigua propiedad de la Iglesia, que perdió sus posesiones después de la Revolución Francesa, era apenas un muro que la separaba de la propiedad colindante. Hoy es una magnífica nave construida en piedra arenisca, contigua a la cual está la propia vivienda del escritor que queda adosada a los muros con vidrieras de la iglesia del siglo XV. Nada más entrar se aprecia que se trata de la biblioteca de un romántico. Salpicados de detalles y complicidades personales, los anaqueles de la biblioteca se distribuyen en dos pisos. El escritor trabaja en el de arriba, asomado a una vista envidiable sobre su jardín: una amplia pradera con abedules, abetos y pinos de diferentes especies.


Manguel hace notar cómo se oye el silencio. Y es cierto que en este lugar épico, en cuyo horizonte próximo se encuentran las tumbas de Leonor de Aquitania y de Ricardo Corazón de León, algo hay de esa cualidad de ultratumba. Muy próximos a su escritorio están los libros de literatura española y portuguesa y sus libros de referencia: autores clásicos, ejemplares de libros sobre el libro, coleccionados mientras escribía su historia de la lectura, y títulos de literatura árabe. Entre las distintas ediciones del Quijote, una de 1782, que compró en una librería de viejo en Madrid, en la que destaca un curioso retrato real del imaginario narrador del Quijote Cide Hamete Benengeli. Una foto de la tumba de Borges en Ginebra, un retrato del propio Manguel realizado por Silvina Ocampo cuando él tenía 17 años y una variada colección de fotos de sus hijos y amigos completan el ambiente que rodea al escritor. El grueso de la colección de libros se encuentra, sin embargo, en el piso inferior.


Como corresponde a una biblioteca tan personalizada, la mayoría de los volúmenes tienen su propia historia. "Los cuentos de los hermanos Grimm fue el primer libro que compré", cuenta Manguel. "Aprendí a leer en Israel, donde mi padre era embajador y yo podía ir a la librería de al lado de nuestra casa y elegir los libros que quisiera. Tenía cinco o seis años cuando compré este ejemplar". Además, diversas ediciones firmadas de Juan Ramón Jiménez, todo Pérez Galdós en las ediciones de la Biblioteca Castro, las obras completas de Kippling firmadas por el autor, varias obras de Borges dedicadas, así como un libro del propio Kipling que perteneció al autor de El Aleph y que éste le regaló a los 17 años, cuando Manguel dejó Buenos Aires.


El punto de partida de su nuevo libro, La biblioteca de noche, es la pregunta por el sentido del universo, pero ¿por qué esa necesidad de encontrar un sentido?: "Los seres humanos podemos ser definidos como animales lectores. Creemos que el mundo natural hay que descifrarlo. Vivimos en esa paradoja: saber por un lado que este mundo no tiene ningún sentido y preguntarnos el porqué de las cosas". Las respuestas, a Manguel no le cabe duda, están en los libros. Por eso lamenta que hoy el libro no goce del prestigio de otro tiempo: "Las calidades que tiene la tecnología, por razones económicas, son las que nuestra sociedad pone por delante. Hace cincuenta años la biblioteca estaba en el centro de la sociedad, nadie discutía que leer era importante, pero el capitalismo salvaje actual no puede permitirse un consumidor lento. La literatura, en cambio, requiere lentitud, requiere que te detengas, que reflexiones, que nunca alcances una conclusión. Nunca puedes saber si Don Quijote está loco o no. Como sociedad tenemos que decir que el acto intelectual es importante. No puedes pedir a un adolescente que lea cuando le estás diciendo que toda actividad que no te dé una ganancia inmediata y visible es inútil. Creo que no existen seres humanos no lectores. En la sociedad actual es como si fuésemos misioneros de una religión en la que la iglesia central ya no cree".


Una de las biblioteca preferidas de Alberto Manguel es la Biblioteca Circular de Aby Warburg, en Hamburgo, a la que dedica un capítulo de su libro. Heredero de una gran fortuna, Warburg lo dejó todo en manos de su hermano con la condición de que le diera el dinero suficiente para mantener su biblioteca y comprar todos los libros que quisiera. El lema de este hombre singular era "Vive y no me hagas daño". Pero hay otras bibliotecas que a Manguel le parecen ejemplares: "La London Library, una biblioteca privada circulante que envía los libros que quieras allí donde estés y compran los libros que tú necesitas, una librería para la que los libros no son piezas de museo. Y las bibliotecas circulantes de Colombia, los biblioburros para acceder a las poblaciones perdidas de la sierra. Alguien del pueblo cuida la bolsa y luego vuelven a recogerlas al cabo del tiempo".


Los libros nunca se han llevado bien con el poder, por eso el escritor insiste en la necesidad de la lectura como elemento de protección: "La historia del libro corre paralela a la de la censura. Una de las cosas esenciales que proporciona la lectura es aprender a pensar, y no hay nada más peligroso para el poder que un pueblo pensante. La tarea del político es más fácil frente a un pueblo idiota, educarnos en la estupidez es quitarnos los libros, y eso siempre ha sido tarea de dictadores". Pero en la actualidad Manguel subraya otras formas de censura: "El editor cuya vocación era la literatura ya no puede trabajar de la misma manera porque tiene que conseguir un provecho financiero, y eso elimina el 90% de la literatura. Si Borges se presentase hoy con un nuevo libro no podría publicarlo. Ahora un editor se fija en las ventas anteriores de ese autor y si el anterior no se ha vendido, no se publica. Esta situación se complica porque ahora también son los compradores para las grandes superficies los que deciden. En el mundo anglosajón, a la mesa del editor se sienta el crítico, el gerente y ese comprador que opina sobre el libro, y si aceptan sus condiciones compra 50.000 ejemplares, que, además, puede 
devolver. Estamos en esa situación y las consecuencias serán catastróficas".


¿La lectura queda finalmente como un acto de rebeldía? "Siempre lo ha sido. Primero porque se valora la acción y no la inacción y porque conduce a la reflexión, y eso siempre es peligroso. Y porque a través de la lectura empezamos a conocer quiénes somos. En el futuro, leer será no sólo un acto de rebeldía, sino también un acto de supervivencia. Si como lectores nos resignamos a que nos impidan leer la buena literatura nos vamos a condenar a ser menos humanos. Es un riesgo que, por supuesto, no podemos correr. Ya estamos al borde de la catástrofe porque hemos destruido el mundo natural y ahora estamos haciendo todo lo posible para destruir el mundo intelectual. Hay que actuar ahora. Pero ahora quiere decir hoy". El lema que preside la biblioteca de Le Presbytère es "Lee lo que quieras", porque Alberto Manguel no cree que el amor a los libros se pueda enseñar: "El amor por la lectura es algo que se aprende pero no se enseña. De la misma forma que nadie puede obligarnos a enamorarnos, nadie puede obligarnos a amar un libro. Son cosas que ocurren por razones misteriosas, pero de lo que sí estoy convencido es que a cada uno de nosotros hay un libro que nos espera. En algún lugar de la biblioteca hay una página que ha sido escrita para nosotros".



EN. El País.com por MARÍA LUISA BLANCO - 13/01/2007
http://www.elpais.com/articulo/cultura/Leer/sera/futuro/acto/rebeldia/elpep
ucul/20070113elpepicul_3/Tes

Quiero transmitir el placer de leer y pensar

ENTREVISTA: Paul Holdengräber Director del Programa de Educación Pública de la Biblioteca de Nueva York

"Quiero transmitir el placer de leer y pensar"

IGNACIO VIDAL-FOLCH - Barcelona - 19/03/2007

Paul Holdengräber, de 47 años, licenciado en Filosofía, ex profesor de  literatura comparada en Princeton, fundador y ex director del Instituto del Arte y las Culturas en el Museo de Arte de Los Ángeles, es director desde hace dos años y medio del Programa de Educación Pública de la Biblioteca de Nueva York. Holdengräber ha estado en Barcelona, y allí ha contado su empeño por "transmitir placer, fervor intelectual" y "la idea de que pensar y leer es alegría".

El venerable centro de la calle 42 con la Quinta Avenida -un edificio de siete plantas que alberga docenas de millones de libros, recibe cada año 18 millones de usuarios y está abierto todos los días del año, salvo los lunes- es uno de los pilares de la vida cultural neoyorquina y un ágora conocida en todo el país gracias a los debates que Paul Holdengräber celebra en sus salas. Los eventos empiezan a las siete de la tarde, concluyen a las nueve, y a veces se prolongan con una copa hasta las diez de la noche en la trustees room, con capacidad para un centenar de personas.

Holdengräber explicó la pasada semana las líneas maestras de su trabajo, en el marco de un seminario sobre Patrimonio, educación y creación, organizado por la Fundación Caixa de Catalunya, en La Pedrera de Barcelona.

Pregunta. ¿Qué objetivo persigue con esos diálogos y debates?
Respuesta. Intento algo muy difícil: transmitir placer, fervor intelectual, la idea de que pensar y leer es alegría.

P. Los rostros de los lectores generalmente son graves. A san Jerónimo, paradigma del estudioso, se le suele representar como un anciano meditabundo. La idea del conocimiento antiguamente se relacionaba con la melancolía. Y es universal el popular sintagma "rata de biblioteca"...
R. En Platón, el conocimiento es erótico. Se transmite por una relación erótica. En la primera frase de Sur la lecture, Marcel Proust dice: "Quizá no haya un día de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud como aquellos que creemos haber dejado sin vivir, los que hemos pasado con un libro preferido". Borges se imaginaba el paraíso "bajo la forma de una biblioteca". Sin sentido del humor no hay verdadera vida intelectual, ni mucho menos vida social... Yo he estudiado Filosofía en la Sorbona y me he dedicado a la enseñanza universitaria, pero he abandonado la torre de marfil. Me propongo oxigenar la biblioteca. Atraer nuevos lectores. Difundir la idea de que ir allí es interesante, es vital y es cool, guay. A la puerta hay dos leones, que tienen nombre, se llaman Paciencia y Fortaleza. Quiero que los leones de la biblioteca rujan. Mi dinámica es sencilla: reunir a unos cuantos intelectuales de diferentes disciplinas, no porque acaben de publicar un libro, sino porque tienen ideas interesantes que mostrar. Sustraerme a la dinámica comercial de las editoriales. Sorprender. Por ejemplo, estoy muy orgulloso de la sesión de ópera que organizamos en la sala de lecturas, en la que los cantantes cantaban leyes gramaticales de una tediosa pero importante gramática inglesa titulada Los elementos del estilo. Fueron 39 minutos de placer dadaísta. El ruido fue enorme, y el acto, turbador, pero creo que insuflamos nueva vida a ese libro venerable...

P. ¿La biblioteca no tiene que fomentar un trabajo intelectual personal, privado y silencioso?
R. No tan absolutamente privado... El momento en que empezamos a leer un libro es extraordinario, un momento de paz que nos extrae del mundo; pero fíjese en el aspecto físico, en el movimiento de los ojos del lector, y verá que constantemente está regresando al mundo. Su mirada se fija en el texto, luego levanta la vista; lee, levanta la vista... Así que la lectura es una experiencia que puede oscilar entre lo privado y lo público, ser estimulada en la arena pública, para regresar enriquecida a la esfera privada. Yo trabajo para que 500, o 700 personas, a veces más, otras veces menos, compartan algo de qué hablar como en una conversación entre amigos, en un lugar seguro. ¿Y cuántos lugares hay en el mundo en el que se pueden intercambiar ideas?

P. ¿Cuán numeroso es su equipo?
R. En la biblioteca trabajan 200 personas, pero en mi departamento somos cuatro. En estos dos años hemos celebrado 80 eventos. Estamos creando un público totalmente nuevo en estos debates públicos y es espectacular la atención y las ganas de hablar. Paradójicamente, la era de Internet, que tanto aísla a las personas, ha creado un deseo febril, una avidez del público de interactuar con otros. Es precisamente la soledad ante el ordenador lo que crea ese deseo.

P. ¿Cómo organiza el programa?
R. Es fundamental escuchar, ser poroso hacia la realidad. Preguntarte en todo momento cuáles son los debates que deberías organizar. Por ejemplo, el enorme escándalo por las escuchas telefónicas a personas sospechosas de terrorismo después del 11-S nos llevó a orquestar un debate entre el director de la Nacional Security Agency y el principal periodista de The New York Times, James Risen, con algunos expertos legales en los límites entre los derechos privados y las competencias públicas. Como puede usted imaginar, era un tema muy volátil. Y ahora, con esa demanda contra Youtube de un billón de dólares por infringir los copyright, es evidente que en las dos o tres próximas semanas voy a organizar algo sobre el tema; convocaré al presidente de Youtube y a... ya veré a quién... Hice lo mismo a propósito de Google y la digitalización completa de la biblioteca, o sea, sobre cómo se transmite la información.

P. ¿A quién no ha querido invitar?
R. No invito a nadie a quien no quiera conocer. A veces viajo para ver y escuchar a un novelista, o a un filósofo importante, y entonces decido no invitarlo, porque en público no tiene una buena dinámica. Mi experiencia académica me ha hecho muy escéptico hacia La Conferencia. Hablar y escribir son dos cosas diferentes. Si piensa en los grandes escritores del siglo pasado, por ejemplo, en Marcel Proust, no estoy seguro de que estaría bien traerlo ante el público. La palabra viva a menudo no traduce la escritura. La filosofía empezó con Sócrates, que no escribía, pero luego vino la tradición de escribir... Pero hablar en público exige una presencia.

P. ¿Qué clase de presencia?
R. Puede ser de muchas clases. Hay gente con presencia, aunque tengan un carácter tímido o difícil. Por ejemplo, Robert Frank, el gran fotógrafo americano. Que en los últimos 22 años no había hablado en público, pero le invité, y vino, y apenas dijo nada, pero expresó mucho. O el autor de cómics Robert Crumb, que es alérgico a hablar en público, vino, le entrevistó Robert Hughes, el crítico de arte de Time, y fue fantástico, porque Crumb es una persona difícil pero no quieres que esa dificultad desaparezca, sino que forme parte del evento. Otra vez invité al ex presidente Clinton para hablar con John Hope Franklin, el historiador especializado en conflictos raciales. Clinton, que es tan carismático, apenas dijo nada. Lo interesante era cómo escuchaba. En fin, a veces no tiene nada que ver con el sentido del espectáculo, no depende de la fama del escritor o de su personalidad. Pienso en Alberto Manguel, muy conocido en España, bastante conocido en Francia y en Canadá, y casi un perfecto desconocido en Estados Unidos, autor de Una historia de la lectura y de ese libro fantástico titulado La biblioteca de noche. Sólo vinieron 150 personas a escucharle. En una sala pequeña, porque la atmósfera es muy importante, Georges Braque dijo que todo toma la forma en la que lo metes. Y yo paso mucho tiempo asegurándome de que las sillas están colocadas donde deben. Porque es significativo el lugar desde el cual las personas se ven recíprocamente.

P. ¿Qué personalidad le impresionó?
R. El momento más extraordinario en que estuve en el escenario con alguien fue hace un par de semanas con Werner Herzog, el cineasta de Aguirre y Fitzcarraldo. Un tertuliano impredecible. Hablamos durante dos horas, nadie se movió, es hipnotizante, embruja a la audiencia. Como yo sabía que él adoraba a Fred Astaire, antes de la charla proyecté cinco minutos de la película La nueva melodía de Broadway... Bueno, lo primero que dijo Herzog es que Los Ángeles es la única ciudad con sustancia en Estados Unidos. Luego se señaló las canas, dijo que todas y cada una de ellas tiene nombre, y que todas se llaman igual: Kinski. Luego, claro, hablamos de técnica cinematográfica, literatura, las relaciones entre el cine y las caminatas... Fue mágico.

P. ¿Ha fracasado también alguna vez?
R. Sí, a veces algo no ha funcionado como debería. Conmigo en el escenario o sin mí. Yo soy optimista por naturaleza, creo que la vida vale la pena, que las cosas saldrán adelante, que la humanidad tiene futuro, que mi hijo crecerá sano y fuerte y será un hombre intelectualmente cultivado. Pero me interesa mucho también el concepto de fracaso: porque tiene que ver con intentar algo, con haber probado, con aproximarse a algo. La ciencia no progresaría sin la noción de fracaso.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Quiero/transmitir/placer/leer/pensar/elpepuint/20070319elpepicul_1/Tes

Literatura infantil: el fin de la mediocridad

Literatura infantil: El fin de la mediocridad
Por Mónica Stipicic

Los libros no sólo mejoran el vocabulario y la comprensión, también ayudan a ampliar la mente de los niños, los invita a soñar e, incluso, les entrega las herramientas para transformarse en adultos exitosos. El niño que lee es un ser universal.

Un niño no nace lector, pero tampoco nace no lector. El potencial existe en cada uno de ellos y la tarea de motivarlos depende de su entorno; tanto la familia como el colegio juegan un rol fundamental en este proceso.

Lograr que adquiera el hábito influirá positivamente en su vida. No sólo porque mejora su nivel de comprensión, aumenta su vocabulario y adquiere mayores capacidades de comunicación, sino porque existe una estrecha relación entre el nivel de lectoría infantil y los logros académicos y profesionales en la vida adulta.

Una encuesta realizada por el diario La Tercera a los mejores alumnos de cinco colegios de Santiago, reveló que el 71% son buenos lectores y que el 30% lee más de seis libros al año.  Paralelamente, el 69 por ciento de estos niños y jóvenes vive en hogares con más de 100 libros en su biblioteca, lo que, a juicio de los expertos, es clave para que ellos mismos sean lectores asiduos y para explicar su alto rendimiento escolar. 

"La lectura hace funcionar la imaginación, la capacidad de recrear. La imaginación estimula la creatividad, es decir, se generan ideas. Pero lo que es más importante, leer nos hace personas más felices: si una persona se ve enfrentada a situaciones adversas sabe que a pesar de las dificultades va a salir adelante, porque es capaz de renacer en un plano superior. Eso lo transforma en un adulto mejor preparado para los problemas, las injusticias y las desgracias", explica Mauricio Paredes, escritor de libros infantiles y Presidente de la sección chilena de la Asociación Internacional del libro Infantil (IBBY).

Los expertos en literatura infantil coinciden en que leer no es sólo un placer, sino que una formación integral y permanente. Un niño que lee mucho es capaz de resolver conflictos, reflexionar, superar temores, afirmar una visión del mundo y desarrollar su personalidad.  Por lo mismo, es probable que llegue a ser un adulto exitoso, ya que cuenta con más herramientas para enfrentar el trabajo y la vida.

"Leer libros no es bueno porque sí. Lo más importante es que la lectura es capaz de crear vida interior. No se trata sólo de obtener altos puntajes en la PSU o mejorar el lenguaje, sino de lograr un cambio definitivo, que permita enfrentar dificultades, planear estrategias para solucionar problemas y entender las distintas personalidades, culturas y razas. Un niño que lee es un ser universal", afirma la filosofa Carolina Dell Oro.

Lograr ese resultado es el desafío mayor, sobre todo para quienes escriben libros infantiles o trabajan con niños. El cómo hacerlo, al contrario de lo que podría parecer, está claro para la mayoría de los estudiosos: primero que nada hay que ofrecer a los pequeños un entorno donde la literatura sea un participante habitual y segundo, hay que capacitar a los colegios y sus profesores, para que entreguen a los niños material adecuado a sus edades e intereses y para que, en muchos casos, asuman el papel estimulador que muchas familias pasan por alto o desconocen.

Para María Paz Garafulic, directora de la Fundación Había una Vez, un organismo que lleva años trabajando para paliar el déficit de siete mil bibliotecas escolares en el país y que prepara en conjunto con la editorial SM, para el 22 de noviembre el seminario ‘¿Qué hacer para que niños y jóvenes lean hoy?’, es preocupante que existan niños que no adquieran el hábito de la lectura. Y que ello ocurra porque no tuvieron la oportunidad de hacerlo. Las cifras le dan la razón. Según un estudio realizado el 2006 por Adimark y la Fundación La Fuente, sólo un 21% de los chilenos aseguró ser un lector frecuente (en España, por ejemplo, la cifra es de 41 por ciento), el 30% de las personas reconoció que en su casa sólo habían entre uno y diez libros y el 60,2 por ciento dijo nunca haber comprado un libro.

Primer paso: en casa

"A los niños hay que leerles desde que son concebidos y seguir hasta la muerte. Los adultos debemos ser guías, igual que un buen guía turístico: aconsejar, ir conociendo los gustos, darles tiempo para que se deleiten con el paisaje, contar detalles o anécdotas entretenidas. ¿Sabían que en el Quijote, Sancho se hace caca de susto? Tal cual. Conversar de libros siempre es muy sano", aconseja Mauricio Paredes.

Y en ese contexto, juegan un papel fundamental los juegos, las canciones de cuna, las rimas y la llamada poesía infantil de tradición oral. Cuando una madre le dice a su hijo ‘este dedito compró un huevito’ lo que está haciendo es contarle un cuento, familiarizándolo con una historia y un relato.

Es fundamental entender que un niño no leerá a menos que alguien próximo y persuasivo le diga que puede hacerlo y que la lectura le servirá de compañía toda la vida. Obviamente padres lectores y una casa llena de libros servirán de estímulo y lograrán que el menor dé el paso más importante: comprender que sentarse a leer puede ser un gran panorama, tan entretenido como el televisor, Internet o la pelota.

A juicio de Carolina Dell Oro, también es importante permitir al niño crear su propio mundo alrededor de lo que está leyendo: "Es fundamental que los niños estén solos, que no siempre estén entretenidos. La literatura es un diálogo interior y para eso necesito poder hablar conmigo. La educación de hoy pretende enseñar olvidándose de los contenidos, que finalmente son el alimento interior. Se ha pecado mucho del gusto, es importante, pero el gusto hay que crearlo: los niños no deben leer lo que les gusta, a la hora que les gusta y donde les gusta; hay que crear hábitos".

Uno de los errores más frecuentes que cometen los padres es no supervisar la lectura de sus hijos. Sobre todo en la etapa en que estos empiezan a familiarizarse con las letras, muchos creen que todo sirve para reforzar el hábito lector y dejan que lean historietas, revistas, diarios o libros no adecuados para su edad. Pero la verdad es que no da lo mismo lo que el niño lea, es necesario entregarle buena literatura, simple pero profunda. Además, en la medida que la lectura sea continua y habitual el niño va a ir mejorando la calidad de los libros, desechando los textos ‘chatarra’ y buscando los más elevados.

El escritor e investigador de folclor infantil Manuel Peña es tajante al afirmar que no todo lo que se produce en literatura infantil es bueno. "No es raro encontrarse con cuentos clásicos que tienen adulterados los finales. Es necesario profesionalizar los libros infantiles, que la gente pueda distinguir lo bueno de lo malo. Para eso, el propio Ministerio de Educación realiza selecciones recomendadas y existen sugerencias por rangos de edad".

Segundo paso: el colegio

Hace sólo algunos años el bibliotecario no era más que una persona que recibía papeletas y llenaba fichas. Algo así como un "secretario" rodeado de libros y estantes. Pero ese concepto está cambiando; hoy lo que prima es el concepto de la ‘biblioteca viva’, e incluso, el propio Ministerio de Educación está promoviendo a lo largo del país la implementación de bibliotecas CRA (Centro de Recursos para el Aprendizaje), que tienen como misión generar instancias de aprendizaje en un espacio adecuado y que contenga recursos como impresos, digitales y videos. Hasta la fecha, el Mineduc ha implementado 1.545 bibliotecas CRA en establecimientos de enseñanza media a lo largo de Chile y actualmente dedica sus esfuerzos en los cursos básicos, donde más de mil 500 escuelas están siendo beneficiadas.

Las bibliotecas, entonces, pasan a ser protagonistas. "No sacamos nada con tener una gran colección, si los libros van a estar juntando polvo en los estantes. Por eso, la biblioteca debe ser un espacio lúdico, colorido y dotado de cierta magia, que invite y seduzca, donde los niños quieran estar, leer y sentirse cómodos. Y el motor que hace que eso funcione es la bibliotecaria, una persona que es capaz de atraer al lector, captar su interés, ofrecerle lecturas que respondan a sus inquietudes, y finalmente, pavimentar el camino de la búsqueda autónoma del saber", afirma María Paz Garafulic.

Para lograr eso, según Mauricio Paredes es necesario terminar con una de las más equívocas y arraigadas costumbres escolares: "la biblioteca nunca, bajo ninguna circunstancia, puede ser un lugar de castigo. Si queremos que los niños lean, debe ser a través del compromiso afectivo. La biblioteca es el lugar donde ellos entran en comunión con los libros, es un lugar de celebración, no la cárcel del colegio".

Un ejemplo exitoso es el del colegio Inmaculada Concepción de Vitacura, un establecimiento particular subvencionado que con la intervención de Educa UC y la Fundación Había una Vez ha mejorado ostensiblemente sus niveles de lectoría.

En ese establecimiento, los alumnos de Pre-Kinder a 6º básico visitan semanalmente la biblioteca y participan en las actividades desarrolladas por la bibliotecaria Katherine Vivar: cuentacuentos, lecturas recreativas, exposición de libros en murales, visitas a ferias, recomendaciones y ‘la mochila viajera’, una actividad que permite a los más pequeños llevar libros para cada miembro de su familia. El lugar cuenta con espacios diferenciados de acuerdo al nivel lector de los alumnos y posee un fondo bibliográfico de más de cinco mil libros. Además, allí se desarrollan talleres de motivación dirigidos a padres y profesores y los niños pueden acceder a un plan de lecturas complementarias, para que vayan más allá de las exigencias curriculares.

La motivación a los profesores es parte fundamental de este proceso. Las ansias lectoras de un niño pueden ser dramáticamente sepultadas por profesores que no sepan visualizar sus inquietudes y que no sean capaces de actualizarse y sugerir libros que tengan que ver con las problemáticas que los aquejan, de acuerdo a su edad y su posición en el mundo. Y esa es una de las principales críticas de Manuel Peña: "los profesores dan una lista de libros para leer, anuncian la fecha de la prueba y nunca más hablan del libro. Eso mata cualquier incentivo. Lo adecuado es hacer sesiones de trabajo, discusiones y aportes. Lo otro que pasa con mucha frecuencia es que los docentes no se actualizan y siguen repitiendo los mismos libros que ellos leyeron en el colegio. Todavía hay niños leyendo Palomita Blanca y Gracia y el Forastero cuando existen miles de libros más interesantes y que están en sintonía con lo que ocurre hoy". \

lunes, 21 de febrero de 2011

Día Internacional de la Lengua Materna: Cuento de conejo y coyote

Como una de las acciones para conmemorar el Día Internacional de la Lengua Materna, el Programa Nacional Salas de Lectura del CONACULTA, y administrado en Zacatecas por el Instituto Zacatecano de Cultura, y la Coordinación Estatal de Bibliotecas, a través de la Biblioteca Pública Central Estatal "Mauricio Magdaleno", invitaron a dos grupos de primer grado, de la Escuela Primaria "Soledad Fernández", a escuchar   el cuento zapoteco Conejo y coyote. 


Después de dar la bienvenida por parte del coordinación Profr. Eduardo Mendoza Villalpando, se escuchó un fragmento del texto en la lengua original. Se decidió de esta manera para evitar que se propiciara el cansancio, fastidio y aburrimiento. Después, comenzó la lectura en voz alta apoyada por títeres planos. Ángeles Valle interpretó a Conejo, José Luis Martínez a Coyote y Eduardo Campech hizo la narración.

La actividad fue posible gracias al apoyo del enlace estatal del Programa Nacional Salas de Lectura en Zacatecas, Adolfo González Juárez, así como el personal de la biblioteca, en particular: Leticia Quintana, Efrén Collazo, Silvia Cervantes y Alejandro Alvarado.

domingo, 20 de febrero de 2011

Crónicas desde el mercado I

Después de cinco años hemos vuelto al mercado Alma Obrera. Nuevamente el señor Raymundo Márquez es el conducto para llegar a este espacio. El equipo de trabajo esta integrado por Ma. de los Ángeles Valle López, José Luis Martínez Rodríguez y Eduardo Campech Miranda. Otro cambio es el horario. Ahora el trabajo se realizará los martes a las 13:00 horas. Con la incertidumbre propia de cada nuevo grupo, llegamos al mercado y buscamos al señor Raymundo en la tortillería. El joven que atendía el negocio nos comunicó que salió a buscarnos. Caras conocidas nos sonreían en el puesto de verduras y abarrotes de enfrente.

Fue muy grato encontrarnos con los anuncios que los propios locatarios, en particular el señor Márquez, habían hecho para dar a conocer el inicio de los trabajos. El 8 de febrero de 2011 no parecía una mañana de invierno zacatecano. El sol resplandecía, calentaba y quemaba cual verano. Hicimos un recorrido entre los locales y salimos hacia la fachada principal. Ahí nos esperaba don Raymundo. La incertidumbre comenzaba a perder terreno ante la desolación del paisaje. No había un sólo niño o niña dispuesto a participar en la actividad de la biblioteca (así se promocionó y así se nos conoce por la experiencia anterior). El reloj ya marcaba las 13:20 horas y nosotros esperábamos estoicamente bajo el astro rey.

Tímidamente se acercó una pequeñita. Las madres de familia nos veían pero no decían nada. Nosotros las invitábamos para que llevaran a sus hijos. De pronto y como si fuera un mago, don Raymundo llegó con una decena de pequeñines. Lo acompañaba una señora que acudió a las actividades en el 2005. No recuerdo su nombre. Familiarmente le hablé, le pregunté si se acordaba de mi. Por respuesta obtuve un "¡quién se acuerda de qué!, ¡nadie se acuerda de nadie!". Con la finalidad de que los niños no fueran presa de la desesperación y romper el hielo, José Luis inició con el juego de "Conejos y conejeras". Ante la necesidad de contar con un miembro más, invitó a la señora mencionada a jugar. El hecho de que dos adultos jugaran con una decena de niños en el mercado comenzó a llamar la atención de los transeúntes. La señora, argumentando mucho quehacer, se retiró.

Los niños siguieron llegando. Cuando ya tuvimos alrededor de unos veinte, inicié la lectura del primer capítulo del libro Las orejas de Urbano de Francisco Hinojosa. Aquí debo aclarar que llevábamos preparadas unas actividades con la monografía de Zacatecas, sin embargo, la variedad de edades era un inconveniente para llevarlas a cabo, por ello se apostó por la lectura en voz alta. Los infantes seguían llegando y el sol dejaba de ser un perrito faldero para convertirse en un cancerbero feroz. Los transeúntes, la clientela del mercado nos veían con curiosidad.

Se les solicitó que dibujaran al protagonista de la lectura: Urbano, el niño con una oreja más grande que la otra, con la más pequeña escucha los sonidos convencionales, pero con la grande, escucha los pensamientos. Cuando realizaban la actividad fui por unos pequeñitos, hijos de una señora que vende afuera del mercado. El mayor, que responde a Pancho, acudió con todo y chupón. Ángeles y José Luis distribuían hojas, lápices y crayolas. Al término de la actividad los niños nos pedían que nos quedáramos más tiempo. Las mamás se acercaban y preguntaban si eramos de la presidencia municipal y que cuándo íbamos a regresar. Concluimos esta primera expedición con una ronda tradicional mexicana: "Jugaremos en el bosque", coordinada por José Luis, con mucha satisfacción al ver que tuvimos más de veinte niños.




sábado, 19 de febrero de 2011

El bibliotecario: primer usuario de la biblioteca

Eduardo Campech Miranda




El primer usuario de la biblioteca, por definición y por congruencia, debe ser el bibliotecario. Éste debe erguirse como el experto en libros, y por consiguiente, en lector. Es decir, si un carnicero es vegetariano, si un carpintero es alérgico al aserrín, si un albañil no sabe diferenciar entre la cal y el cemento, o sencillamente si un médico se siente aterrado y llega a desmayar se por presenciar una hemorragia, entonces dudaremos mucho de contratar los servicios de cualquiera de estos profesionales. Lo mismo sucede a la sociedad cuando se enfrenta a un bibliotecario que en su infancia o adolescencia fue vacunado contra la lectura. Y hablo en este caso de bibliotecarios porque es el ámbito que nos ocupa, pero esta recomendación bien puede hacerse expansiva a todos los mediadores de lectura.
Iniciaré haciendo un breve recuento de mi experiencia como lector y formador de lectores. Recuerdo mi terror y emoción la primera vez que ingresé a una biblioteca. Cursaba el segundo de secundaria. Y era así porque sencillamente yo no era lector. En esa época tuve la fortuna (ahora, al pasar de los años, creo que fue más un infortunio) de que en la materia de español, nos obligaban a leer las ediciones de Porrúa y que en su gran mayoría incluían un estudio introductorio y un argumento. Suficiente para presentar la evaluación correspondiente y aprobar con la consigna de que “después del seis todo es vanidad”. Así pasaron junto a mí Santa de Federico Gamboa, El Zarco y Navidad en las montañas, de Ignacio Manuel Altamirano, Comedias de Juan Ruiz de Alarcón, Cuatro comedias de Molière, pero sólo eso; pasaron por mis manos y no por mis ojos, neuronas ni corazón.
Sería hasta tercer grado cuando mi entonces maestra Claudia Pastrana nos “recetó” Canasta de cuentos mexicanos, de B. Traven. Fue el primer libro que leí completo. En ese mismo año descubrí la poesía modernista y en un juego fortuito propiciado por la ignorancia, confundía las letras de “Nocturno a Rosario” de Manuel Acuña con la canción “Ella” de José Alfredo Jiménez. Y no era extraño que cantara el primero y recitara la segunda. Hago este recuento sencillamente porque es la base para mi trabajo de bibliotecario y promotor de lectura (de hecho al decir bibliotecario debo incluir al promotor de manera indisoluble).
Años después me encontraría en esta ciudad de plata y cantera, cumpliendo un sueño: laborar en la Biblioteca Central Estatal de Zacatecas. El primer día de trabajo intercambié impresiones con algunos compañeros, entre ellos Arturo Briseño Soriano y José Luis Martínez Rodríguez, ambos intendentes.
Nueve o diez años después, las cosas habían cambiado. Arturo y José Luis ya eran bibliotecarios, su trabajo constante era reconocido con una oportunidad. Se generó un proyecto de gestar un área al interior de la biblioteca que se dedicara exclusivamente al fomento de la lectura. En él la iniciamos la ingeniera Perla Martínez Murillo y un servidor. Una de las primeras acciones implementadas fueron los círculos de lectura con los compañeros. La dinámica se modificó y el interés comenzó a centrarse en la manera adecuada de leer en voz alta. El bibliotecario con más entusiasmo fue José Luis. Hasta entonces, él consideraba que leer en voz alta correctamente era una cuestión genética, una virtud con la que se nace. Le comentamos que e l trabajo y la práctica eran las herramientas que le permitirían dominar la técnica de esta modalidad de lectura.
José Luis confesaba no ser lector. Es más, que no le gustaba leer. No recuerdo con claridad si surgió de él o de nosotros la inquietud de recomendarle un libro. En ese instante recordé mi paso por la secundaria, a la maestra Pastrana y Canasta de cuentos mexicanos. José Luis quedó atrapado por los cuentos de Traven. Acabábamos de generar otra cuestión común para ambos: nuestro primer libro. El siguiente fin de semana José Luis sacó en préstamo El perfume de Patrick Süskind —sí, José Luis ya había tramitado y utilizaba para él su credencial de préstamo a domicilio. A primera instancia me parecía un riesgo que un nuevo lector se enfrentara a un texto cuyos referentes suponía estaban fuera de su alcance. Aunado a ello, la tipografía me parecía podría ser un obstáculo (cuántas veces no hemos escuchado como pretexto o como preferencia que “las letras están muy chiquitas”), pero finalmente eran prejuicios míos, porque el lunes, José Luis había leído completo el libro. ¡El perfume leído en dos días por un lector inicial! ¿y decimos que no tenemos tiempo de leer?
Posteriormente José Luis siguió leyendo y seguimos recomendando: Clemencia de Ignacio Manuel Altamirano, Días de pinta, rica antología de cuentos modernos, y comenzó a apasionarse por la poesía. José Luis leía en su casa en voz alta, al grado de que su esposa e hijos le preguntaban si estaba loco; su entrada a la biblioteca era a las 9:00 horas y llegaba una hora antes, y en e l silencio de la sala general se ponía a leer en voz alta. En la capacitación para Mis Vacaciones en la Biblioteca 2003, José Luis quiso integrarse con todo su entusiasmo para aprender más. Así lo hizo y su desempeño fue sobresaliente al grado de que al siguiente año la Dirección General de Bibliotecas del Conaculta lo invitó a que cursara el Diplomado en Promoción de la Lectura ofertado por la Asociación Mexicana para e l Fomento del Libro Infantil y Juvenil, IBBY México. Ahora, no hay duda, José Luis es un lector y esto se refleja en las bibliotecas del municipio de Guadalupe, Zacatecas, donde es Coordinador y contagia el amor por los libros y la lectura.
Si un bibliotecario no es lector, si no conoce los libros, no podrá hacer recomendaciones. Por ejemplo, si una señora llega a la sala general y pide un libro de García Márquez, un libro de cocina mexicana o Arráncame la vida de Ángeles Mastretta, sencillamente recurre a los catálogos y asunto solucionado. ¿Qué sucede si alguien nos solicita un libro para llorar, para reír, para leer en familia, para emocionarnos, para sentir miedo, para leer en el baño, para leerlo a la pareja después de hacer el amor? Si el mediador, ahora bibliotecario, no está familiarizado con los libros, se encontrará con la dificultad de que los catálogos públicos sólo son tres: autor, tema y materia. ¿Qué tal ir generando con los mismos bibliotecarios y con los usuarios un catálogo de sensaciones, evocaciones, emociones, espacios y momentos de lectura? Acercarnos a los lectores e iniciar una conversación e intercambio de opiniones en torno a los libros. Si no somos lectores, acercarnos al usuario que sí lo es. Y si lo somos, acercarnos al que espera una orientación y deposita su confianza en nosotros.
Hemos  llegado pues a otro aspecto fundamental en la formación de nuevos lectores: el saber escuchar. Ya comenté lo sucedido con José Luis y su proceso lector. Si mis múltiples interrogantes y dudas de su capacidad de entendimiento, comprensión y disfrute de El perfume se hubiesen interpuesto como una especie de censura, seguramente José Luis no leería el texto. Voy a referirme a otra experiencia en este sentido.
En octubre del año pasado, el señor Raymundo Márquez acudió a la biblioteca para solicitar actividades de lectura para los niños del mercado “Alma Obrera”. Él es el representante de los locatarios del lugar y junto con su esposa María de Jesús Correa y otros comerciantes como Jovita Oseguera, estaban interesados en ofrecer opciones de desarrollo a la población de una colonia humilde de la periferia zacatecana. Este trabajo quedó inconcluso en abril o marzo pasados, pero arrojó importantes datos y confirmó otros. Durante estos meses se involucraron los siguientes compañeros y compañeras: Víctor Hugo García Sandoval, Lucía García Carrillo, Arturo Briseño Soriano, Javier Pinedo Pinedo y la maestra Laura Soto Maltos. Todos ellos en su oportunidad trabajaron con niños. Se llegó a convocar a veintiocho. Por mi parte, trabajé con jóvenes y adultos. Desde luego hubo más eco de los segundos, pero nunca pasaron de cinco o seis.
En un principio llevé lecturas que consideré “adecuadas” para ellos: ¿Águila o sol? de Octavio Paz; La feria, Confabulario y Estas páginas mías de Juan José Arreola; El Llano en llamas de Juan Rulfo, entre otros. Los escasos tres o cinco adultos que acudían se llevaban los libros a su casa. Y yo creía que los leían. Sin embargo, no contaba con ningún indicador que así fuera, salvo algunos comentarios del señor Raymundo. Hasta que un día una charla detonó lo que sería la nueva dinámica de la actividad. Conversando, con la finalidad de sensibilizar en torno al tema de los hijos, comencé platicando un fragmento de mi historia de vida.
Tenemos estereotipos que son lapidarios o estigmáticos, uno de ellos son las conversaciones que se vierten en este tipo de espacios: “¡pareces verdulera!”, “¡hasta parece mercado, puros chismes!”. Pues bien, al concluir mi participación, Jovita, quien tiene un local de gorditas de guisados, me preguntó muy seria: “¿Qué no ha leído a Carl Jung?”. Aún no salía de mi sorpresa cuando María de Jesús Márquez, la señora de la tortillería, secunda la explicación que me daba Jovita: “Eso también lo dice Freud”. ¿Cómo habían llegado esos autores y esas lecturas a un espacio como el mercado? Sencillamente porque ambas mujeres habían estado en un curso de metafísica o gnósticos, o algo por el estilo ahí les habían compartido algún material de estos autores. Fue entonces que se me ocurrió preguntar acerca de su creencia en el zodiaco y vidas extraterrestres y temas afines.
Para la próxima sesión llevé un título que encontré en el área de cocina de la biblioteca Cocina Zodiacal, y otro texto de divulgación científica Vida extraterrestre, ambos fueron solicitados para leerlos en sus casas. Ese fue el inicio de conversaciones y recomendaciones de los libros que se leían. Entre los asistentes se comentaban los libros y ofrecían sus puntos de vista. Desafortunadamente dejamos de acudir con regularidad y cuando volvimos, ya no encontramos a nadie.
A manera de conclusión me gustaría enunciar y resumir dos enseñanzas que adquirí con estas dos experiencias, las cuales a los ojos de los teóricos podrían parecer Verdad de Perogrullo, y que sin embargo me convencen y motivan para seguir trabajando en la formación de lectores con jóvenes y adultos: La primera es que no echemos en saco roto nuestra propia formación, retomemos las lecturas que nos hicieron disfrutar y nos abrieron otros mundos; y la segunda que escuchemos a los destinatarios de nuestros esfuerzos, sus intereses son tan válidos como el que más, para que de esta manera tengamos un cimiento en el cual apoyarnos al momento de la selección de libros para un sector específico. Ambas cuestiones se consiguen siempre y cuando seamos lectores y, por consiguiente, usuarios de la biblioteca.
Para terminar, contaré una última anécdota con un compañero bibliotecario que, creo, es un buen ejemplo de lo que la lectura puede generar, descubriéndonos, encontrándonos, conociéndonos, una y mil veces. En una búsqueda que no se agota. Entre los soportes textuales que mayor demanda tienen entre los usuarios y trabajadores de la biblioteca está el diario deportivo Esto. El futbol es una de las pasiones de los bibliotecarios. Observando esta situación me acerqué a uno de ellos, Antonio Hernández Saucedo, “Toñito”, como lo conocemos. Le ofrecí un libro que acababa de adquirir, El futbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, mismo que no tiene imágenes más allá de unas sombras a manera de viñetas, de cuerpos humanos practicando este deporte. En él se cuentan las hazañas y el contexto histórico social que las enmarcan. Cuando “Toñito” me entregó el libro lo hizo con el siguiente comentario: “Está bueno el libro. ¡Qué golazos!”.

Ponencia presentada  en el VI Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas "La Red Nacional: Evaluación de sus Programas" el 22 de septiembre de 2006, en la ciudad de Zacatecas, Zac.

sábado, 12 de febrero de 2011

Taller de dinamización de la lectura en Río Grande, Zacatecas

El viernes 4 de febrero del presente año se llevó a cabo el taller de "Dinamización de la lectura", dirigido a personal bibliotecario (de bibliotecas públicas y bibliotecas de Centro de Maestros) del municipio de Río Grande, Zacatecas. La sede fue la Biblioteca Pública Municipal, ubicada en las instalaciones del Centro Cultural.

Quien participó lo hizo de una manera entusiasta y desinteresada. La disposición y actitud receptiva motivo un espacio de aprendizaje, además de compartir experiencias. En general, consideramos que el taller cumplió sus propósitos y más. Ojalá y a partir de esta experiencia se de una colaboración (institucional y/o personal) entre los distintos actores bibliotecarios.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Cómo juzgar un texto literario

Raquel M. Barthe


Forma y contenido


Un texto literario está compuesto por un contenido y una forma que incluye la estructura y el lenguaje. El contenido es producto de la creatividad del autor. La forma es producto de la técnica. No todos los libros para niños y jóvenes pueden clasificarse como Literatura Infantil y Juvenil (LIJ). Esto sucede porque hay que diferenciar los tipos textuales que los componen, ya que no es lo mismo un texto informativo, argumentativo o instructivo, que un texto literario. La LIJ trata solamente de esta última tipología.

Mediadores


Hay diversas posturas frente a la LIJ que se les da a leer a los niños y jóvenes. Algunos consideran que cuando el libro muestra una realidad ajena a la que vive el lector, no será del interés de estos. Por ejemplo, para un niño que vive en una zona rural, apartada del centro urbano, no debería dársele a leer un libro cuyos personajes vivan en una cómoda vivienda rodeados de todas las tecnologías de avanzada. Pero como también es cierto que la Literatura posee un potencial informativo (tanto la general como la destinada a la infancia y la juventud) y contiene
una postura ideológica, al mismo tiempo que entretiene, despierta la curiosidad y estimula la fantasía. Es entonces a través de la lectura como una persona ensancha sus horizontes y adquiere conocimientos de otras culturas, épocas y lugares geográficos. Y vuelvo a los ejemplos: quien vive en zonas tropicales solo podrá tener una idea de lo que significa la nieve a través de lo que escucha, lee o ve en el televisor o el cine. De esta manera también el mar se acerca a las zonas mediterráneas[1] o las montañas a las planicies. De igual forma, todos podemos también imaginar el pasado. Pero si a una comunidad que vive aislada, lejos de los avances de la civilización la mantenemos también apartada de los libros que le permita conocer otras realidades y soñar con superar sus dificultades, ¿no la estaremos condenando a permanecer en la ignorancia, sin posibilidades de evolucionar? Es así como algunos, en la imposibilidad de lograr cambios que puedan mejorar la vida de su comunidad, deciden emigrar y abandonan sus costumbres y tradiciones, perdiendo sus raíces e identidad.

Sin embargo, esta posición frente a la literatura solo se aplica a los niños, ya que es frecuente la existencia de un "mediador" entre el libro y el lector, pero no sucede lo mismo con la literatura general, puesto que el adulto elige el libro que leerá y goza también de la libertad de elegir "no leer". No obstante, con los niños es frecuente que, al ser la escuela el lugar donde se inician en la lectura literaria, sean los docentes quienes se arroguen el derecho de elegir por ellos. 

Intervención de la Escuela

Sí, es cierto que los maestros tienen el deber de guiar, recomendar y promover la lectura para que la alfabetización pueda ser utilizada en la vida cotidiana y ayude a potenciar la capacidad lectora de los alumnos, pero de ninguna manera deberán "imponer" las lecturas porque es entonces cuando la LIJ se transforma en una "herramienta didáctica" al servicio de la escuela.

Cada vez que intento iniciar un estudio de la LIJ, tropiezo con el mismo problema y es que casi siempre reviste un interés didáctico y se la termina usando "para", olvidándose del placer de leer y de la formación de lectores críticos y competentes. Este escollo o piedra en el camino deriva de la falta de actualización de la educación que continúa enseñando contenidos en lugar de desarrollar competencias y para profundizar este tema, recomiendo la lectura de Guía para la formación de nuevos docentes.[2] La lectura de este libro muestra también el posicionamiento de la Escuela en un paradigma conductista que, pese a los currículos escolares actuales, no termina de erradicarse.

La escuela como mediadora

En cuanto a los jóvenes y los niños, solo leen en la escuela durante el ciclo lectivo. Esta franja etaria no considera la lectura fuera del ámbito escolar ni que pueda tener una finalidad placentera y gratuita. La escuela, a veces primera mediadora entre ellos y los libros, les enseña a leer, pero no les deja tiempo para la práctica de una lectura voluntaria y regalada. Por lo tanto, el alumno recibe el mensaje subyacente de que "leer literatura es perder el tiempo" y solo el ocio ("madre de todos los vicios") permite ese tipo de lectura.

Aunque el libro propuesto por la/el docente sea una atractiva novela, "hay que trabajarla y calificarla" y al alumno solo le interesará la nota final. La conclusión es que la escuela no enseña para la vida, sino que "la escuela enseña para la escuela". Entonces la importancia está en las notas (premio o castigo) que transforman los boletines en trofeos y no en el espejo donde el educando debería ver reflejados sus logros.

Dada la cantidad de libros que recibo para prensa y difusión y que comento en El Mangrullo, decidí prestarlos a los chicos del barrio, a modo de "Biblioteca Barrial". Con sorpresa descubrí que estos niños se acercaban a pedirme libros solamente durante las vacaciones (de invierno y verano) y, ante mis preguntas, alegaron que durante el período de clases "no tenían tiempo para leer". Entonces mi perplejidad fue, ¿por qué la escuela enseña a leer si luego no les permite leer?

Comprensión e interpretación

La "comprensión" lectora solamente puede aplicarse a los textos informativos, argumentativos e instructivos, mientras que el texto literario requiere "interpretación", puesto que su principal característica es el plural de lecturas que brinda a sus lectores y que necesita de una lectura connotativa donde no todo está dicho con palabras.Y por lo antedicho, es importante recordar en, el momento de juzgar un texto literario, que lo más importante no es su forma ni el argumento, sino el contenido profundo porque es allí donde debemos apuntar para un buen análisis de la obra.

En ese "plural de lecturas" mencionados, que subyacen por debajo del texto escrito con palabras, es donde un texto "dice" sin decir, dice con silencios, sugiere, pero no explicita la idea. Es el lector competente quien descubrirá lo que ese texto encierra y oculta a los ojos de un lego. Entonces, además de comprender lo que se lee, vemos que la literatura exige una interpretación mucho más profunda.

El mercado está plagado de libros infantiles que intentan venderse como "literatura infantil" y debemos estar alertas para no confundirnos y poder diferenciarlos. Quizá debamos dar más crédito a la intuición de los pequeños que captan inmediatamente la diferencia entre un relato, una historia o un cuento y lo primero que dicen es "pero no pasa nada..." Esta expresión espontánea e ingenua nos indica que no hay un conflicto que pueda resolverse en el desenlace, entonces, en lugar de una resolución final aparece la moralina en forma explícita, por si el niño no lo hubiese entendido. Explicaciones innecesarias que subestiman y menosprecian la capacidad de entender, comprender e interpretar de los niños. Este tipo de libros (relatos, anécdotas, historias) que intentan pasar por cuentos, suelen tener una lectura unívoca; es decir que todo está dicho con palabras y no se puede comprender otra cosa más que el mensaje premeditado del autor al niño, con el propósito de enseñarle algo.
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[1] El niño que soñaba el mar, de José Murillo.
[2] LUCHETTI, Elena. Guía para la formación de nuevos docentes. -- Buenos
Aires : Bonum, 2008. -- 112 p. ; 22 cm. -- ISBN 978-950-507-827-1.
Fuente
El Mangrullo  http://usuarios.sion.com/mangrullo/
Año 11 Número 127 - 1 de febrero de 2011

Artículo obtenido a través de la lista ANIMACIONALALECTURA de rediris

domingo, 6 de febrero de 2011

Los libros y los días

Amor a la lectura por Guillermo Urbizu, 1 de junio de 2006.

"La vida es un temblor, una inquietud que se contempla en el espejo del tiempo. Luces y sombras entre una muchedumbre de indiferencia. O el revuelo de unas lágrimas en el rostro, mientras el óxido del otoño reza de belleza el paisaje de los años. Nada es inútil. Cada brizna de lenguaje es la obertura de una memoria futura que nos recuerda tal y como somos. Pero ¿qué somos? Ésa es la seducción que nos carcome, la emoción más pura que puja en el alma del hombre. Nada es inútil. Nada. Porque amamos. Y buscamos ser amados. He aquí el sentido último de la rutina, o el de la mirada, o el de la lectura.

Leer es no cansarse de mirar. Es como sumergirse en el sueño de una fotografía y su profundidad. Una fotografía que es imagen muda de un paisaje incierto pero a la vez definitivo. Desde su fondo otra mirada nos observa, en una lengua que se adivina curiosa y llena de delicados secretos. ¿Qué nos dice su estilo, qué nos sugiere su ritmo? Las palabras meditan sobre su propio silencio. Su pecho respira acompasado, en la prosa de una plegaria o en la estrofa de Eros. Leemos aventuras, metafísica, memorias, poesía… Cada libro leído nos aporta al menos una idea, o mejor aún, una efusión de compañía.

Uno a uno suma ensueños, caricias o desasosiego. Emanación de una presencia invisible que amanece cada mañana en la biblioteca. La luz, en su crepitación, toma conciencia de nuestra soledad. Ahí están. Sus lomos son el alfabeto de una evocación, y de una pérdida, pulcramente alineados en afinidad de dones. Nada es inútil. Nada. Y abrimos los libros como quien abre sus alas al vuelo de lo imprevisto. Mientras con la altura vuelve la elasticidad a los entumecidos músculos del alma. Sin ruidos, sin la mezquina altisonancia de la prisa.

El amor a la lectura es cada vez un bien más preciado. Su criterio nos orienta en el precario sarcasmo de la mentira. Su imaginación nos redime de una realidad insuficiente. Su armonía nos traduce el significado oculto de la lluvia. Y su pasión nos aboca a la causa primera de toda experiencia (o excelencia). Comprar un buen libro es, en sí mismo, un acto intemporal, un gesto cuya dimensión no alcanzamos a comprender del todo. En esas pocas
páginas nos reunimos personalmente con Montaigne o Tácito, con Pérez-Reverte o Salinas. Porque leer es una conversación. Y también la mejor manera de aprovechar el tiempo, porque no en vano es la mejor manera de interpretarlo."